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Clases de conversación

El coleccionista de historias

06/17/2020

El coleccionista de historias

El coleccionista de historias
Solitario y misterioso, oculto en sus aposentos mareaba un montón de hojas buscando el orden lógico para hallar la respuesta. Ya lo tenía casi todo, estaba prácticamente hecho pero algo no cuadraba, algo no le terminaba de gustar, y seguía ahí paseándose a lo largo y ancho de la habitación apuntando por aquí, apuntando por allá. Parecía insatisfecho. 

¿Qué era lo que no le estaba saliendo bien? ¡No puede ser! ¡¿Por qué siempre lo mismo?! –Se decía constantemente– Es en esos momentos de desesperación, cuando nada parecía tener sentido, que oía en su cabeza la voz de su madre, en la que podía percibir una mezcla de asco y desprecio. Le decía que era un inútil, que nada conseguiría en la vida.
El mundo se le venía encima, no podía soportarlo. Se tiraba en la cama tapándose los oídos queriendo dejar de escuchar las quejas de su madre, lo cual resultaba inútil pues estaban en su cabeza. Así pasaba las horas, lamentándose y desesperándose.  Hasta que de repente las quejas cesaban, y quedaba envuelto en el más oscuro y absoluto silencio, donde su única compañía era la soledad de la que tanto pretendía huir. ¿Pero cómo? La respuesta a esta pregunta era su meta, y se encontraba colgada en algún punto de su pared. Estaba en un túnel sin salida, su vida estaba vacía, no había forma alguna de llenarla. Encendía una pequeña lámpara y se paseaba por toda la habitación. Volvía a mirar sus paredes, su obra maestra que tan bien conocía.
Su único salvoconducto eran los relatos que coleccionaba en la pared de su habitación. Estos relatos, cuentos, fotos y simples frases que se acumulaban en las pareces de su habitación eran el único modo que tenía para poder escapar de su miseria completando la felicidad de los demás para poder vivir la vida que no tenía. En ellos se sucedían historias de familias unidas en las que narraban cómo eran sus viajes en familia, la boda de una prima o simplemente lo bien que se lo pasaban cuando quedaban todos a tomar el café. O frases en las que se decía que la amistad es el mayor de los regalos y hay que cuidarlo, pero ¿cómo iba él a saberlo si siempre había estado solo? ¿Si nadie parecía preocuparse por él? Todo esto pasaba por su cabeza y, sin darse cuenta, buscando su propia vida, la estaba perdiendo.
En su intento de búsqueda de la felicidad, se había aprendido de memoria cada una de las piezas que componían el rompecabezas de su pared, siendo capaz de saber la historia y la ubicación exacta de cada una de las personas que formaban parte de su vida sin ni siquiera saberlo, colgadas en la pared de su habitación. Esta satisfacción le daba la vida, ¿pero qué vida? Al mismo tiempo que contemplaba y repasaba su gran colección, se sumergía y refugiaba ella. Si, se sentía orgulloso. Sentía que era el único lugar accesible en el que podía estar a salvo. Allí, en su pequeña habitación, la vida de los demás, sus “felices para siempre” le hacían feliz a él, pero no del todo. Se encontraba en un círculo vicioso del que no era capaz de salir pues justo en ese momento de felicidad, recordaba que algo no cuadraba, algo no encajaba, se sentía insatisfecho y una vez más volvía a obsesionarse con encontrar el relato final, el relato de la vida que había deseado tener, el relato perfecto nacido de su propia mano. 

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